El hecho de que se produzca una nevada siempre causa gran expectación entre los habitantes de cualquiera de los pueblos de la Serranía. Esta es debida a que a pesar de encontrarnos en una zona montañosa, por la baja latitud a la que nos encontramos y a los cambios climáticos, no es un fenómeno meteorológico frecuente, aunque sea raro el año en el que no nieve al menos una vez al año. Sin embargo hubo una época en la que las nevadas eran frecuentes y las sierras de la Serranía permanecían cubiertas de nieve la mayor parte del año. Ocurrió desde del S. XVII hasta la segunda mitad del S. XIX, periodo en el que se produjo una regularización en los rigores invernales, lo que supuso un enfriamiento del clima en toda Europa: Fue la llamada por algunos científicos “pequeña era glacial “.
Durante esta “pequeña era glacial”, se producían importantes nevadas todos los años que cubrían toda la Serranía. Benaoján, y muy especialmente la Sierra del Palo, no fue ajeno a este hecho, pues la mencionada sierra debió albergar nieve en sus cumbres, sobre todo en aquellas orientadas hacia el norte, durante el invierno y buena parte de la primavera. Esta nieve que la cubría no llegó a constituir un perjuicio para las actividades diarias de los vecinos de Benaoján, sino que se constituyó en materia prima de una importante industria, el comercio de la nieve; el cual debió de ser un gran alivio para la economía benaojana, sumida en el S. XVII en una grave crisis provocada por la expulsión de los moriscos a finales de 1570.
Este comercio tenía como fin el de contrarrestar la gran demanda de nieve que existía en las ciudades, sobre todo portuarias, donde la nieve era utilizada en tres vertientes:
* Para el simple placer de tomar bebidas heladas.
* Conservar los alimentos.
* Función terapéutica, destinada, especialmente, para cortar hemorragias, evitar inflamaciones, suavizar dolores, y sobre todo, en los casos de peste.
Esta necesidad de nieve ocasionó un intenso tráfico de nieve entre la Sierra del Palo y otras sierras de la Serranía, como la Sierra de las Nieves; y las ciudades donde había demanda de bien.
Tal fue la importancia del comercio de la nieve, que en la época de Felipe II quedó establecido, de forma controlada, comenzando a gravarla con impuestos cada vez mayores debido a su consideración como regalía. Esto hacía que su explotación tuviera que negociarse por asiento, que era concedido a la persona que mejores condiciones económicas ofreciera. Entre los impuestos con que la nieve era gravada se encontraban la alcabala, sisa, millones y quinto, lo cual encarecía muchísimo los costos, que también estaban en relación directa con la distancia a la que había que llevar la nieve, los ciclos climáticos y las estaciones del año.
El precio de la nieve se fue encareciendo por la fuerte carga impositiva, pero a pesar de la subida no se hundirá su comercialización, la cual alcanzará mayor auge en el S. XVIII debido tanto al desarrollo económico, como al cambio de costumbres y mejora de vida.
Hoy en día, quizás como una reminiscencia del pasado, muchos llamamos nieve al hielo.
Patrimonio etnográfico
Dos son las estructuras construidas por el hombre para obtener nieve y hielo en la Sierra del Palo, las cuales han quedado hoy como parte de nuestro rico patrimonio arqueológico y etnográfico. Son los pozos de nieve y las pilas labradas en la roca.
Los pozos de nieve son unas depresiones del terreno realizadas por el hombre aprovechando pequeñas dolinas y que posteriormente eran reforzadas por un muro de piedra en seco. Su función era la de almacenar la nieve y el hielo allí acumulados en el invierno hasta la llegada del verano. Se sitúan a unos 1.240 metros de altitud en la Sierra del Palo y más concretamente en el paraje conocido como los Llanos de los Pozos la Nieve, ascendiendo a cuatro el número de pozos que son observables. Presentan en general un estado de conservación regular observándose sólo en uno de ellos el muro de piedra y la depresión del terreno, estando el resto casi relleno por los materiales traídos por la erosión. Son de forma circular siendo sus dimensiones en el mayor de ellos de unos 10 metros de diámetros y unos 5 de profundidad. Deben datar del S. XVII, aunque quizás puedan ser anteriores.
Las pilas son una especie de pequeñas balsas excavadas en la roca cuya función, era la de almacenar agua para que esta durante la noche se congelara y una vez convertida en hielo ser llevada a los pozos de nieve, donde este era acumulado. Se encuentran a 1.300 metros de altitud, en uno de los promontorios rocosos que culminan la Sierra del Palo, en el paraje llamado Las Pilas del Tunio, que debe su nombre a las pilas. Son un total de 5 pilas. Presentan formas variadas, cuadradas, rectangulares o trapezoidales; siendo sus dimensiones variables, aunque su profundidad varía entre los 10– 30 cm. Esta escasa profundidad era para que el agua se congelara más fácilmente, además descarta la versión que algunas personas dan de su utilidad, pues si realmente fueran par beber los cerdos las hubieran hecho más profundas para almacenar mayor cantidad de agua. Datan de principios del S.XVII, cuando Pablo Xarquies introdujo el uso de pilas para la obtención de hielo. Su existencia en la Sierra del Palo, puede ser debida a que por su escasa altura, las nieves caídas no fueran suficientes para sostener la necesidad de nieve y fueran utilizadas para completar la producción de nieve.
Modo de producción y transporte
Aunque se llamara nieve, lo que realmente se comerciaba era hielo, el cual era obtenido de dos formas distintas, participando en ambas los neveros, que eran las personas encargadas de su fabricación.
En la primera de ellas, los neveros subían a la sierra inmediatamente después de las nevadas de primavera, cuando al decir de los prácticos -la nieve era “más resinosa”-; es decir más comprimible. Una vez arriba, mal vestidos y con un calzado aún peor, se dirigían a los ventisqueros, lugares en los que la nieve por la acción del viento se acumulaba (buenos ventisqueros debieron ser los tajos de las Pilas del Tunio y algunas dolidas existentes en la corona del Palo). Allí cortaban la nieve con palas para portarla, bien cargada a sus espaldas o a lomos de bestias, hasta los pozos de nieve, donde una vez depositada en ellos, era apisonada hasta darle la consistencia del hielo.
En la segunda, que al contrario que en la anterior se realizaba en invierno, los neveros llenaban por la tarde cántaros con agua en la Fuente del Saucillo, para posteriormente trasladarlos en bestias, y por la Vereda del Perro hasta las Pilas del Tunio. En estas era vertida el agua, para que por la acción del frío que reinaba durante la noche en esas alturas, se convirtiera en hielo. Por la mañana, y antes de que el sol comenzara a calentar, los neveros volvían a subir, para mediante la ayuda de picos o palas obtener el hielo de las pilas y trasladarlo, de la misma manera que la nieve, a los pozos de nieve, donde era igualmente apisonado.
Todo este proceso se realizaba con unas temperaturas tan bajas, que apenas se podía permanecer una hora a la intemperie sin congelarse. Acuciados por el frío, los hombres corrían a refugiarse de vez de en cuando en unos míseros chozos de piedra cubiertos por lastones, en los que, por lo menos, les esperaba el calor de una lumbre. Repuestos a medias, dando diente con diente, los neveros reemprendían al poco rato su tarea hasta completar, entre idas y venidas, la carga del pozo. Restos de uno de estos chozos, pueden verse todavía en los Llanos de los Pozos la Nieve, junto al mayor de los pozos.
Una vez rellenado el pozo de nieve y hielo, los neveros cubrían la semiesfera que formaba el hielo, con matorrales almohadillados de alta montaña, como la aulaga morisca o piorno azul (erinacea anthillys) y el pendejo (bupleurum spinossum); este último mucho más abundante. Posteriormente lo cubrían todo con una capa de tierra apisonada, a semejanza de los hornos de carbón.
De esta manera almacenada, la nieve se conservaba hasta la llegada del verano, época en la que la blanca mercancía se beneficiaba de la natural demanda.
En los meses de verano, cuando llegaba la tarde, los neveros subían a la sierra con sus bestias. Una vez allí, desenterraban los pozos y procedían a cortar la nieve con palas, la cual era cargada en unos serones especiales que podían cerrarse por su parte superior. Además, para una mejor conservación se envolvían en tamo –polvo y paja muy menuda procedente de las eras– que hacía las veces de aislante térmico. De esta manera, una vez cargadas las bestias, con hasta 20 arrobas de hielo, se bajaba de la sierra por la Vereda de la Nieve hasta los Llanos de Líbar. Una vez en estos, y seguramente tomando por la zona de Villaluenga, el camino más fácil, se dirigían durante toda la noche, para huir del calor, hacia Sevilla principalmente. Una vez en Sevilla, la nieve sería destinada en su mayor parte, a conservar los productos perecederos que llegaban en los numerosos barcos mercantes que atracaban en su puerto. También es muy posible que la nieve de la Sierra del Palo fuera transportada a otras ciudades, principalmente de la Costa atlántica de Cádiz o a la ciudad de Écija; residencia esta última de los Marqueses de las Cuevas del Becerro, quienes eran los Señores de la villa de Benaoján además, de propietarios en el S.XVIII de los pozos de nieve.
Evolución histórica
Las primeras referencias escritas sobre el comercio de nieve en Benaoján se remontan a la segunda mitad del S. XVII y más concretamente a 1677, año en que Carlos II vende a don Cristóbal Castrillo Tamariz y Fajardo, Señor de Benaoján y Montejaque, las alcabalas y derechos de los cuatro unos porcientos, entre los cuales se encontraba el de la venta de nieve:” incluso en el encavezamiento de los dhos derechos los pertenecientes al gremio de caussas y heredades frutos de vellota pastos y lavor y venta de nieve de los pozos de las dhas villas”
Sin embargo, el aprovechamiento de la nieve de la Sierra del Palo debe ser mucho más anterior, hasta tal punto que incluso pudiera remontarse hasta comienzos del S. XVII. Una prueba de ello pudiera ser uno de los modos utilizados para obtener nieve, la utilización de pilas excavadas en la roca. El uso de pilas para la obtención de nieve, aparece en 1607, cuando Felipe II concede licencia a Pablo Xerquies para vender exclusivamente hielo en todos sus reinos, durante un periodo de 7 años. Una de las razones por la que le fue concedido este privilegio, fue la introducción de una nueva técnica que consistía en el aprovechamiento de las bajas temperaturas invernales, valiéndose de la construcción de balsas, las cuales contuvieran el agua hasta su conversión en hielo, para, después, guardarlo en los pozos. Si nos atenemos a este hecho las Pilas del Tunio y el comercio de la nieve podrían remontarse al primer cuarto del S. XVII.
Según lo anteriormente expuesto, puede que parte de la nieve llevada desde la Serranía hasta el Coto de Doñana en 1624, durante una cacería ofrecida por el Duque de Medina Sidonia a su magestad el rey Felipe II, proviniera de la Sierra del Palo, situada más cerca del Coto de Doñana que la Sierra de las Nieves.
El S. XVII, debió de ser el de mayor esplendor en la explotación de las nieves de la Sierra del Palo, hasta tal punto que esta sierra era llamada Sierra de la Nieve. Esta importancia provocó que la señora de Benaoján, doña Catalina Castrillo Fajardo y Guerrero, viendo los enormes beneficios que daba el aprovechamiento de la nieve al Concejo de la villa de Benaoján, se apropiara de los pozos de nieves para su uso propio. Ante esto el Concejo presentó una queja en el pleito, que villa de Benaoján y la de Montejaque, comenzaron en 1688 para comprar la jurisdicción de ambas villas a doña Catalina:
“assi mismo con dha mano poderosa se avia introducido y alzado con la Sierra de la Nieve que era propia de la dha villa de Venaoján arrendandola como suyo o haciendo los enverros como le parecia y sacandola a vender fuera valiéndose de sus productos”
En este mismo pleito tenemos la única referencia que existe sobre el destino de la nieve de Benaoján. La nieve tenía como destino principal Sevilla, pues para pagar los salarios del Licenciado y el escribano que llevaban el pleito, doña Catalina Castrillo mandó a su mayordomo, Pedro de Montes, a cobrar el dinero de la nieve suministrada para el abasto de la ciudad de Sevilla:
“el qual dixo que los dhos salarios se han de pagar de los bienes de la suso dha de quien es mayordomo administrador en estas villas Pedro de Montes; vezino de la de Montejaque el qual ha hecho viaxe a la ciudad de sevilla a traer los efectos de lo que prozede de la nieve que la dha su parte provee para el abasto de la dha ciudad con que pagar dhos salarios que bolbera dentro de tres dias”
En 1751 tenemos la última referencia escrita sobre el comercio de la nieve en Benaoján. Aparece en el Catastro de Ensenada y más concretamente en sus Respuestas Generales, donde en respuesta número 17, se responde que había 4 pozos de nieve propiedad del señor Marqués de las Cuevas del Becerro:
“y que asi mismo dho señor Marqués tiene y usa como suios propios, quattro posos de coger niebe en la Sierra que llaman de Líbar, la qual es de este ttermino, y por ellos le regulan de utilidad a el año, dos mill y quinienttos reales”
Posteriormente no tenemos constancia de que se vuelva a tratar el tema de la nieve, en ningún otro documento que haga referencia a Benaoján, ni siquiera en la descripción que Medina Conde, en su Diccionario Geográfico Malagueño, hace de Benaoján a finales del S.XVIII. Los cambios climáticos debieron de hacer las nevadas más escasas y a finales del S.XVIII, el comercio de la nieve ya no debió de ser rentable, por lo que se abandonaría su aprovechamiento.
Hoy sólo nos quedan de aquella importante industria los Pozos de Nieve y las Pilas del Tunio como patrimonio etnográfico, el cual debemos conservar. Además la toponimia popular, ha sabido conservar hasta nuestros días el recuerdo de aquellos benaojanos, que durante los S. XVII y XVIII dedicaron sus vidas al aprovechamiento de las nieves que cubrían las altas cumbres de la Sierra del Palo, en topónimos cono los llanos de los Pozos de la Nieve o la Vereda de la Nieve.
1. Escritura de venta de las alcavalas y derechos de primero, segundo, tercero y cuarto unos porciento de las villas de Benaoján y Montejaque a D. Cristobal Castrillo Tamariz y Fajardo. Copia del documento original existente en el Archivo Histórico Municipal de Benaoján.
2. Pleito entre las villas de Benaoján y Montejaque y doña Catalina Castrillo Guerrero y Fajardo por la jurisdicción de dhas villas, fol. 116v. Archivo (A.) Histórico (H.) Nacional (N.), sección Consejos, leg. 29823.
3. Pleito entre las villas de Benaojan y Montejaque y doña Catalina Castrillo Guerrero y Fajardo por la jurisdicción de dhas villas, fol. 29. A. H. N. Sección Consejos, leg. 29823.
4. Respuestas Generales del Catastro de Ensenada, villa de Benaoján, respuesta nº 17. Copia del original existente en el Archivo Histórico Municipal de Benaoján.
Bibliografía
Flores, R.; Rodríguez, A. (1997): La Sierra de las Nieves. Rutas y Leyendas. Ed. Miramar. Málaga.
Pérez de Colosía, M. I. (1979): “Explotación de las Nieves de Yunquera”. Baética nº 2 (II). Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Málaga. Málaga.
Pérez de Colosía, M. I. (1980): “Consumo y renta de la nieve en el S. XVII”. Revista Española de Historia, Tomo XL. Instituto Gerónimo Zurita (C.S.I.C.). Madrid.
Gómez – Guillamón, L.: “¿De la nieve, o de las nieves?….”. Revista Jábega. Diputación de Málaga. Málaga.
.
.
Artículo de Manuel Becerra Parra y Pepi Duarte Fernández publicado en el número 14 de la revista La Serranía en enero-febrero de 2002.